Hablar de filosofía es, en primer lugar y sobre todo, hablar de la totalidad de lo real, que es presencia y, por tanto, presente. No de lo que ha muerto, sino de lo que sigue generando sentido. Para quienes queremos comprender la sociedad desde una perspectiva libertaria, los fundamentos filosóficos del pensamiento occidental no son opcionales: entender el mundo es una condición indispensable para comprender las formas de dominación, de libertad y de acción en el presente.
No se puede hablar seriamente de ciencias sociales sin una reflexión profunda sobre qué entendemos por realidad, sujeto, conocimiento, es decir, el mundo; pues si no se conoce el mundo, es imposible la libertad. Estos conceptos, fundamentales para una vida libre y auténtica, no emergen en el vacío: tienen raíces filosóficas profundas que es preciso conocer para no repetir mecánicamente discursos heredados ni caer en ideologías naturalizadas.
El amanecer de la filosofía en la antigua Grecia no es una anécdota cultural, es el nacimiento del pensamiento occidental: el pensamiento humano se libera de la explicación mítica y se atreve a comprender el mundo desde el dato sensible e inteligible. Como señala Karl Popper (1945) en Lasociedadabiertaysusenemigos, «con los jonios nace no solo la ciencia, sino también la tradición de la crítica racional».
Cuando Parménides afirma que “el ser es y el no-ser no es”, no solo está introduciendo la ontología, sino desafiando el caos explicativo del mito y generando el problema fundamental de toda la filosofía. Esta transición, del relato sagrado a la contemplación directa del mundo, es también el nacimiento de la posibilidad de disentir sin blasfemar, de cuestionar sin temer al castigo divino. En términos libertarios, es la aparición de la razón como herramienta de emancipación.
Platón, por su parte, con la alegoría de la caverna en LaRepública, nos advierte de una sustancia escondida del mundo: que la verdad está más allá de lo visible. El filósofo es quien se libera de las sombras, quien se atreve a mirar el sol de la verdad, aunque eso le cueste el rechazo de su comunidad. En un mundo saturado de pantallas, algoritmos y discursos ideológicos, ¿cuántas cavernas habitamos sin saberlo?
Platón representa el enigma de lo real, mientras que Aristóteles es el gran sistematizador del pensamiento y el conocimiento. Su noción de la sustancia no solo estructura su metafísica, sino que ofrece un modelo para pensar lo social sin caer ni en el materialismo reduccionista ni en el idealismo abstracto. Además, con él nacen disciplinas como la lógica, la política, la economía, que son la base de nuestras ciencias sociales actuales. Negarse a estudiar la tradición ateniense es negarse a comprender el origen mismo de nuestras herramientas intelectuales.
René Descartes, en pleno siglo XVII, abre una nueva era al escribir: “Pienso,luego existo” (Discurso del Método). Este cogito no es una tautología, sino una revolución: el conocimiento ya no se apoya en la tradición, en la fe o en la autoridad, sino en el sujeto. La certeza se construye desde adentro, desde la duda metódica y no desde el dogma.
Este gesto inaugura la subjetividad moderna, que será clave para toda teoría social posterior. En lugar de aceptar estructuras dadas, Descartes propone que cada sujeto se convierta en juez de su propio pensamiento. Como bien señala Hannah Arendt (1978), “el cogito cartesiano introduce la idea de la soberanía del pensamiento individual como criterio de verdad”.
Desde la perspectiva libertaria, este es un hito mayor: la libertad ya no es solo política o económica, sino epistemológica y sobre todo del espíritu. Se trata de liberarnos de las cadenas del pensamiento impuesto, de pensar por nosotros mismos y no simplemente obedecer.
Kant lleva esta revolución a un punto más alto. En su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración? (1784), afirma: “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. […] ¡Ten valor de usar tu propia razón!” Por tanto, define la autonomía no sólo como una capacidad, sino como una obligación moral. En la Crítica de la razón pura, demuestra los límites del conocimiento humano, pero no para rendirse ante el relativismo, sino para sostener que es precisamente en ese límite donde el sujeto puede desenvolverse libremente.
Lo más relevante para el pensamiento libertario es que el poder no tiene derecho a determinar lo moral, porque solo la conciencia libre y racional del individuo puede ser verdaderamente moral.
Estudiar filosofía no es un capricho académico sino que es fundamental para alcanzar la libertad. Es un acto de responsabilidad. Nos permite ver que las ideas que hoy naturalizamos —sobre el Estado, el individuo, la libertad, el conocimiento— tienen una esencia y que éstas muchas veces son discutibles. Y que sólo intentando comprender la totalidad de lo real podemos aspirar a la libertad. Pues, no se puede analizar críticamente una política pública, una estructura de poder, una norma social, sin entender primero qué idea de ser humano se presupone allí.
Y como bien lo resumió Ludwig von Mises: “Lo que distingue al hombre del animal es la capacidad de pensar en términos de fines y medios. Y esa capacidad se desarrolla en el terreno de las ideas.” Filosofar, entonces, no es alejarse del mundo. Es, por el contrario, la forma más radical de habitarlo.
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