Este 12 de octubre, a 533 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, conviene
recordar una verdad que hoy parece incómoda: el llamado “Encuentro de Dos Mundos” no
fue el inicio de una opresión, sino el nacimiento de una nueva civilización; la Hispanidad.
Frente al relato dominante que insiste en ver en la conquista solo violencia y sometimiento,
lo cierto es que de aquel proceso surgió una identidad mestiza, abierta y universal, que nos
une hasta hoy en lengua, fe, instituciones y cultura. Reivindicarla es un acto de justicia
histórica y de libertad intelectual, porque nos libra de la manipulación ideológica que
pretende sembrar resentimiento en lugar de gratitud.
Sin embargo, la opinión pública y parte de la academia han insistido en proyectar sobre ese
hecho una visión reduccionista, describiéndolo como el origen de una estructura de
opresión. Se trata de un relato construido, heredero de la leyenda negra creada por
Inglaterra y los Países Bajos, que todavía condiciona nuestra manera de entender el
pasado. Como señaló Julián Juderías (1914), fue una propaganda política eficaz, pero
nunca una lectura fiel de los hechos. La realidad es que España no trajo a América
únicamente armas y espadas: trajo consigo siglos de cultura, instituciones, fe y, sobre todo,
un espíritu mestizo que ya era propio antes de cruzar el Atlántico.
El español del siglo XV no era un individuo homogéneo. Llevaba consigo la herencia de
Roma en el derecho, de los visigodos en las costumbres, de los árabes en la ciencia y la
arquitectura, de los judíos en el pensamiento y, por encima de todo, de la cristiandad
medieval. Como recordó Menéndez Pidal (1956), España fue siempre un cruce de
civilizaciones. El mestizaje, por tanto, no comenzó en América: llegó con el conquistador,
que se convirtió en protagonista de una nueva síntesis cultural al entrar en contacto con los
pueblos originarios.
La Corona española que se estableció en el continente actuó movida por intereses políticos
y económicos, pero también por una misión católica que entendía la política como servicio a
un orden espiritual. El impulso evangelizador buscaba integrar a los pueblos en una
comunidad universal de fe. Eso significó alfabetización, construcción de templos,
universidades y hospitales, introducción de un calendario común, del derecho y de una
lengua compartida. Fue, en palabras de Lewis Hanke (1949), “el primer proyecto
universalista que reconoció derechos a los vencidos” . La evangelización no debe leerse
únicamente como imposición, sino como la apertura a un horizonte más amplio de
civilización.
En este sentido, la experiencia española contrasta con la de otros imperios coloniales.
Mientras las colonias inglesas optaron por el desplazamiento o exterminio de los pueblos
originarios, en Hispanoamérica se produjo un mestizaje cultural y biológico que dio origen a
una sociedad nueva. Además, la Corona prohibió tempranamente la esclavitud indígena
mediante las Leyes de Burgos (1512) y las Leyes Nuevas (1542), reconociendo a los
nativos como vasallos libres. Los esclavos que llegaron en mayor número provenían de
África, en un fenómeno común a la modernidad, pero nunca hubo en el mundo hispano una
política de exterminio de indígenas como en Norteamérica.
El aporte de la Hispanidad es inmenso. Fue España quien introdujo en América la
universidad, la imprenta, las catedrales y las ciudades planificadas en torno a plazas y
cabildos. El derecho indiano reconocía particularidades locales, articulando un sistema de
convivencia que perduró siglos. La lengua castellana, enriquecida por el contacto con
lenguas originarias, se convirtió en un puente de unidad que hoy comparten más de 500
millones de personas. En la música, la pintura, la gastronomía y la literatura, el mestizaje
hispánico dio origen a una civilización original, ni puramente europea ni exclusivamente
indígena, sino auténticamente americana.
No obstante, desde el siglo XVI las potencias rivales de España difundieron la llamada
leyenda negra. Inglaterra y Holanda, en plena competencia por el poder global, retrataron a
la monarquía hispánica como tiránica, fanática y cruel. Esta narrativa se nutrió incluso de
voces internas críticas como Bartolomé de las Casas, cuyas denuncias fueron sacadas de
contexto para construir una imagen deformada. Esa manipulación, eficaz en su tiempo,
sigue influyendo en la percepción contemporánea, al punto que muchos repiten aún hoy los
argumentos propagandísticos de los enemigos históricos de España.
Reivindicar la Hispanidad es, entonces, un acto de gratitud y de libertad. Gratitud hacia
quienes construyeron las bases de lo que somos: una comunidad cultural que abarca
continentes, unida por la lengua, la fe y el mestizaje. Y libertad porque nos emancipa de
narrativas políticas que buscan reescribir la historia para dividir sociedades y sembrar
resentimiento. Como advirtió Octavio Paz (1993), “el verdadero drama de América no es la
conquista, sino el olvido de lo que somos: hijos de una tradición mestiza que debemos
asumir”.
Hoy, más que nunca, reivindicar la Hispanidad es también un acto de resistencia frente al
poder. La manipulación del pasado busca justificar proyectos de control social y alimentar
ideologías victimistas. En cambio, la tradición hispánica nos recuerda que la fuerza de los
pueblos radica en la cooperación voluntaria, en el intercambio cultural y en la creatividad
que surge de la libertad humana. Como señaló Ludwig von Mises (1949),
“la civilización progresa allí donde el hombre es libre para crear y colaborar con otros”. Ese fue el verdadero motor de la Hispanidad: la creación de una civilización nueva, fruto del encuentro
y la integración, no de la división.
Aquel 12 de octubre no fue el inicio de una tragedia, sino el nacimiento de una identidad que
nos pertenece. Reivindicarla hoy significa afirmar que nuestra herencia cultural no puede
ser dictada por el Estado ni por ideologías de turno, sino que es propiedad de la sociedad
libre, de las familias y de las comunidades que la han transmitido durante siglos. La
Hispanidad, lejos de ser una herida, es un legado de libertad, mestizaje y creatividad que
nos une y nos fortalece.
